lunes, 1 de diciembre de 2014

La naturalidad del arte


Cuando despojamos al arte de toda esa cáscara de autores, estilos, historia y conocimiento en técnicas, se nos presenta como algo poderosamente innato y natural del ser humano.

Antes del "eres muy grande para esas cosas", una escoba podía ser un caballo, los sofás eran edificios que saltábamos, el suelo era lava y una mancha en el suelo el único lugar de tierra donde no nos quemábamos; una caja de cartón nuestro refugio o un barco con el que navegábamos por toda la casa. Todos hemos sido artistas hasta que se nos desinfecta de ideas fantásticas y creativas que parece que no cuadran con el curso de nuestra educación.

La buena noticia es que esta capacidad de crear, expresarnos y dotar de significados es algo que no se pierde; lo llevamos dentro. La representación de nuestro mundo interior cuaja en cada cosa que hacemos y decimos, por ello la creación en estado puro y la interpretación de otras creaciones siguen jugando un papel esencial en la comprensión de uno mismo y de los demás. El arte también nos hace iguales, como todo lo humano que hay en nosotros. Hay tantas formas de hacer como personas existen, y por eso aquí la subjetividad es la única regla: que lo que hagas o digas salga de ti. Así de equitativo y así de horizontal. Creo que es inevitable empatizar y entenderse con otras personas en estas condiciones. Y lo más mágico es que nos vuelve capaces, porque la creación artística es una prueba sensible de que todos valemos. Es algo que todos podemos hacer.

Por estas y muchas otras razones más, el arte con fines terapéuticos, sociales y de bienestar personal está más que justificado. Ofrecer espacios de creación e intercambio es la herramienta perfecta para crecer, encontrarse y formar relaciones saludables.

Blanca Galván

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